lunes, 9 de abril de 2012

Los solitarios y la soledad


Los solitarios y la soledad

Matices que hacen grandes diferencias. Una especie de manto que asfixia y corroe el alma en la soledad, es en cambio un castillo elegante y enigmático para los solitarios.

Los solitarios: Aquellos que aunque solos, disfrutan de sí mismos. Tal vez un poco huraños o mezquinos, andan por ahí con una vida que prescinde de miradas y públicos y amores.
No pocas veces sus soledades son consecuencia de peleas, cortes o rompimientos luego de alguna frustración o desengaño con algo del mundo, cierta quema de naves.

Los que PADECEN soledad, en cambio, no la quieren, se les viene encima. Todo el tiempo miran cómo no los miran, que nadie está cuando se supone debería, lazos que se perdieron o nunca se encontraron. Hay dolor, pero también una queja. Quieren dejar de estar solos pero aunque intentan no lo logran.
El que sufre de soledad, muchas veces está rodeado de personas que se interesan por él, pero el que se siente solo no sabe “leer” en los gestos del otro o los lee de modo equivocado; hay un sitio interior al que nadie accede en el que los solos habitan, un idioma que ellos sienten que nadie habla: sólo el que está solo.
Sin embargo, anhelan que alguien atraviese el bosque de espinas que los aísla, que alguien se asome al pozo en el que se encuentran.
Desolación: es lo que se siente y percibe en la soledad.
Tal vez van a reunirse con “solos y solas”, peor…una Oceanía compartida con otros maniquíes. El acento está en no estar solo y no en estar verdaderamente con otros, ya que los otros suelen ser un poco amenazantes y trata siempre de controlar al otro como trata
de hacer consigo mismo.

Para salir de donde está situado el que padece soledad es preciso que se decida en un impulso necesario a atravesar el bosque de espinas, a subirse a sus propios pies, asomarse y mirar desde el borde del pozo.
Se necesita el coraje de reconocer ese temor que lo arrinconó en la soledad y que la nostalgia por ese sitio vacío, pero conocido y seguro sea de algún modo conjurada por un interés mas allá de ellos mismos.

Este especial y terrible sentimiento de aislamiento es algo de lo que se hace necesario hablar para tender entre la soledad y el mundo palabras que sean puentes y caminos nuevos a recorrer.
Hablar de lo que nos pasa alivia.
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Lic. Marina Núñez
Psicologa
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