Esta disciplina milenaria nos ayuda a
desarrollar el cuidado de nosotros mismos y de los demás, y nos
reinstala la capacidad de asombro tan necesario para el aprendizaje y el
crecimiento personal.
Si bien la meditación es una práctica
personal, puede ser también una actividad grupal. En este caso, la
vivencia de la red grupal nos hace sentir que, a pesar de las
dificultades que la vida siempre nos propone, estamos constituidos como
una constelación afectiva con intereses comunes y objetivo de servicio.
Seamos o no conscientes de ello, los
seres humanos somos peregrinos: buscadores de utopías, del sentido de la
vida, con anhelo de trascendencia, alegría, fe y esperanza.
Es decir, la búsqueda es condición
esencial del ser humano, y la meditación es un modo de facilitar esta
búsqueda personal y profunda.
La meditación tiene tres aspectos metodológicos:
- Promueve la relajación
- Induce a abrirnos al mensaje de la imagen, al mensaje de los símbolos que vienen desde los profundo
- Permite descubrir y conectarse con el silencio interior.
- Puede llevarnos al encuentro con nuestra interioridad para ir templándonos en nuestra capacidad de compresión.
- Armoniza nuestras acciones escuchando el dictado de nuestra libertad interior, de nuestra órbita profunda, de nuestro proyecto de vida.
La práctica meditativa puede hacernos
lograr la visión de la trascendencia, así como un mirada alerta del
‘aquí y ahora’: el único tiempo en el que el hombre contacta con lo
perdurable y el único tiempo en que el hombre tiene poder.
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